Estudio: la antigua Europa era un mosaico de bosques y espacios abiertos

- Durante más de 20 millones de años, los paisajes de Europa fueron un mosaico de árboles, espacios abiertos y praderas, y no un bosque continuo.
- Los investigadores compararon polen, restos vegetales, carbón, fósiles, rastros químicos y ADN antiguo.
- Los autores advierten que dar prioridad a los bosques densos en los programas de restauración de la naturaleza puede pasar por alto la diversidad histórica de hábitats.
Qué reveló la reconstrucción de los paisajes antiguos de Europa
La imagen de una Europa prehistórica cubierta por un bosque continuo, de copas tan densas que apenas dejaban pasar la luz, podría ser errónea. Un nuevo estudio realizado por científicos dirigidos por la Universidad de Aarhus describe el continente de otra manera: los árboles convivían con espacios abiertos, claros herbosos y praderas floridas. Según el estudio, este paisaje no era una excepción poco frecuente; durante mucho tiempo, la combinación de distintos tipos de hábitats fue lo habitual en Europa.
Los autores concluyeron que un mosaico cambiante de bosques y espacios abiertos predominó en Europa durante más de 20 millones de años. Esto no significa que no hubiera árboles ni que todas las regiones fueran iguales: se trata de una combinación de vegetación arbórea, arbustos, hierbas y zonas con distintas densidades de cubierta vegetal. El estudio cuestiona la idea de que un bosque denso y continuo fuera el estado natural habitual de Europa antes de la intervención humana a gran escala.
El estudio se publicó en la revista Biological Conservation y abarca desde el Mioceno hasta la época preindustrial. El Mioceno comenzó hace unos 23 millones de años, por lo que el periodo estudiado es considerablemente más amplio que el de muchos trabajos anteriores, centrados en un pasado más reciente. Según los autores, los densos y oscuros bosques que hoy se extienden por muchas partes de Europa se volvieron habituales hace relativamente poco en la historia ecológica del continente.
Cómo estudiaron el pasado los investigadores
Para reconstruir el pasado, el equipo recopiló una gran cantidad de datos paleoecológicos. La paleoecología estudia los ecosistemas antiguos a partir de pruebas naturales conservadas, como fósiles y sedimentos. Los investigadores analizaron polen fósil y restos vegetales de mayor tamaño, así como carbón vegetal dejado por antiguos incendios naturales. Cada uno de estos materiales aporta una pista distinta sobre la vegetación, pero por sí solo no necesariamente permite obtener una visión completa.
A estas pruebas se sumaron rastros químicos en los dientes y huesos de animales herbívoros, así como fósiles de insectos y mamíferos. El equipo también estudió ADN ecológico antiguo extraído de los sedimentos: material genético dejado por los organismos en su entorno. La comparación de distintas fuentes independientes permitió a los investigadores evaluar no solo la composición de la vegetación, sino también cómo cambiaron los ecosistemas y qué influencia tuvieron los animales en ellos.
El autor principal del estudio, Szymon Czyżewski, estudiante de doctorado de ECONOVO, explicó que cada tipo de datos ofrece una perspectiva distinta del pasado. Según señaló, combinarlos ayudó a distinguir con mayor seguridad entre bosques densos, praderas abiertas y formas intermedias, y a seguir los cambios desde el Mioceno hasta la época preindustrial. Este enfoque es importante para extraer conclusiones sobre cambios a largo plazo: los estudios anteriores, que utilizaban un único método de reconstrucción, contaban con un conjunto de pruebas menos diverso.
Los herbívoros como creadores de mosaicos de hábitats
El patrón general que observaron los investigadores no se reduce a un paisaje único e inmutable. A lo largo del período estudiado, la combinación de árboles, espacios abiertos sin una cubierta densa y plantas con flores fue cambiando, pero se mantuvo la estructura en mosaico. Los autores la encontraron no solo bajo un único tipo de tiempo o clima: paisajes similares existieron tanto en condiciones templadas, comparables a las actuales en muchas partes de Europa, como durante períodos más cálidos o más fríos.
Los espacios abiertos y soleados favorecían a las especies a las que les cuesta sobrevivir bajo un dosel denso. La descripción del estudio señala que en esos hábitats prosperaban aves y mariposas, mientras que los prados y claros ofrecían oportunidades para las hierbas y las flores silvestres. Al mismo tiempo, las zonas arboladas seguían proporcionando un lugar para los organismos asociados al bosque. Por eso, la conclusión del trabajo no es un llamamiento a sustituir los bosques por prados, sino que señala que la diversidad de condiciones era en sí misma una característica importante de los antiguos ecosistemas europeos.
Los grandes animales herbívoros ocupaban un lugar destacado en este panorama. En la antigua Europa vivían elefantes, rinocerontes, uros y bisontes; al alimentarse de la vegetación y alterar el suelo mientras se desplazaban, contribuían a mantener abiertas algunas zonas. Allí donde los árboles y los arbustos no ocupaban todo el espacio, podían prosperar hierbas, flores silvestres y otras plantas. Así, la interacción de los animales con la vegetación permitía mantener varios tipos de hábitat al mismo tiempo.
Qué significan las conclusiones para la restauración de la naturaleza
Este impacto también es importante para comprender en qué se diferencian los ecosistemas antiguos de los actuales. Según los autores, en la Europa actual faltan muchos de los grandes herbívoros salvajes que antes moldeaban el paisaje; además, las prácticas tradicionales de pastoreo han disminuido. Por tanto, el estudio señala que no solo el clima y los árboles, sino también los animales, desempeñan un papel en el mantenimiento de las zonas abiertas. Sin embargo, el texto disponible no especifica qué especies concretas o métodos de gestión deberían emplearse hoy.
Los autores relacionan los resultados con una revisión del llamado paradigma del bosque cerrado: la idea de que, antes de que los seres humanos despejaran las tierras, la naturaleza europea estaba cubierta por copas de árboles casi continuas. Desde esta perspectiva, la restauración suele entenderse como el regreso de los árboles a zonas abiertas o la plantación de bosques donde ya no los hay. Los nuevos datos ponen en duda la universalidad de este modelo: puede que no tenga en cuenta que las especies europeas evolucionaron tanto en entornos abiertos como en los bosques.
El autor sénior, el profesor de la Universidad de Aarhus Jens-Christian Svenning, afirma que los programas actuales de restauración, centrados únicamente en bosques densos, pueden perjudicar la biodiversidad y alejarse del tipo histórico de ecosistemas en los que se formaron las especies europeas. Como ejemplo, cita Dinamarca, donde, según él, solo se conceden subvenciones para plantar bosques densos. La conclusión práctica del estudio es tener en cuenta distintos hábitats, en lugar de considerar el aumento de la superficie forestal como la única medida de restauración. El trabajo no establece cómo deberían ser exactamente los programas futuros.
Fuente: ScienceDaily



